En el
artículo anterior, hablé de cómo un exsocialista llevó su ideología política a
las clases medias y altas fundando el fascismo. Durante los años veinte del
siglo pasado, Mussolini fue un ejemplo de liderazgo y poder de oratoria,
atrayendo incluso, a quien sería una de los mayores genocidas de la historia:
Adolfo Hitler. Austriaco de nacimiento e hijo maltratado de un burócrata de aduanas,
quería seguir su vocación de ser pintor. Sin embargo y, al no ser aceptado por
la academia de Artes, el frustrado Adolf ingresó al ejército alemán durante la
Primera Gran Guerra. Como soldado no destacó en un ejército clasista y de
aristócratas donde su papel se vio reducido al de entregar correspondencia. Le
llamaban el cerdo de la retaguardia o el “Cabo
Bohemio”.
Fue en esta guerra donde el joven
Hitler recibió la Cruz de Hierro al resultar herido con gas mostaza. La condecoración
fue más el resultado de la presión política que por mérito propio, sin contar
los efectos dañinos del gas en su cerebro. Al término de la Guerra, Adolfo
ingresaría a las filas del Partido Alemán del Trabajo, de orientación
izquierdista. Ahí desarrollaría sus habilidades como orador además de su
ideología política basada en el antisemitismo, antiliberalismo y sobretodo y,
por muy contradictorio que parezca, antisocialista. Al igual que su contraparte
en Italia, Hitler llevaba su ideología de socialismo nacionalista a las clases
medias y altas y su partido cambiaría a la postre su nombre a Nacionalsocialismo.
Sus ideas nacionalistas provenían de
otro extremista que fundó el nacionalismo vasco basado en el Carlismo, y de quien hablaré en otro
artículo, Sabino Arana. Así fue como el Partido del Trabajo empezó a obtener
adeptos; llegó a clases trabajadoras, medias, a la aristocracia y hasta el
mismo ejército con héroes de la primera guerra mundial como Erich Ludendorff y
el heredero del Barón Rojo, Hermann Göring. Pese a su espíritu antiburgués, el Führer también tuvo el apoyo de los
empresarios. Al igual que Mussolini en Italia, los nazis hicieron toda una
movilización en una cervecería en Múnich que terminaría conociéndose como el
famoso Putsch. Éste terminó siendo
sofocado por las autoridades y con el arresto de los iniciadores, entre ellos
Hitler.
El Putsch de München le permitiría obtener una mayor fuerza política. En
un discurso demagógico y populista de su defensa, Hitler se declaró Culpable de Amar y Defender a Alemania. Además
dictó Mein Kämpf o Mi Lucha, su plan de Gobierno centrado
en la guerra contra la Unión Soviética. Así explotaba la paranoia ideológica de
la época y el temor de las clases medias y altas a una revolución bolchevique germana.
El Führer no solo llevaría a los
campos de concentración y sus hornos a seis millones de judíos, también a la
aniquilación del pueblo alemán, “por el
cual no derramaría ni una lágrima ya que no estuvo a la altura de la contienda
mundial”, en especial cuando sus soldados fueron acribillados en
Stalingrado.


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