martes, 19 de junio de 2012

Cuando los “Ismos” se tocan: El Putsch de Múnich


En el artículo anterior, hablé de cómo un exsocialista llevó su ideología política a las clases medias y altas fundando el fascismo. Durante los años veinte del siglo pasado, Mussolini fue un ejemplo de liderazgo y poder de oratoria, atrayendo incluso, a quien sería una de los mayores genocidas de la historia: Adolfo Hitler. Austriaco de nacimiento e hijo maltratado de un burócrata de aduanas, quería seguir su vocación de ser pintor. Sin embargo y, al no ser aceptado por la academia de Artes, el frustrado Adolf ingresó al ejército alemán durante la Primera Gran Guerra. Como soldado no destacó en un ejército clasista y de aristócratas donde su papel se vio reducido al de entregar correspondencia. Le llamaban el cerdo de la retaguardia o el “Cabo Bohemio”.
Fue en esta guerra donde el joven Hitler recibió la Cruz de Hierro al resultar herido con gas mostaza. La condecoración fue más el resultado de la presión política que por mérito propio, sin contar los efectos dañinos del gas en su cerebro. Al término de la Guerra, Adolfo ingresaría a las filas del Partido Alemán del Trabajo, de orientación izquierdista. Ahí desarrollaría sus habilidades como orador además de su ideología política basada en el antisemitismo, antiliberalismo y sobretodo y, por muy contradictorio que parezca, antisocialista. Al igual que su contraparte en Italia, Hitler llevaba su ideología de socialismo nacionalista a las clases medias y altas y su partido cambiaría a la postre su nombre a Nacionalsocialismo.
Sus ideas nacionalistas provenían de otro extremista que fundó el nacionalismo vasco basado en el Carlismo, y de quien hablaré en otro artículo, Sabino Arana. Así fue como el Partido del Trabajo empezó a obtener adeptos; llegó a clases trabajadoras, medias, a la aristocracia y hasta el mismo ejército con héroes de la primera guerra mundial como Erich Ludendorff y el heredero del Barón Rojo, Hermann Göring. Pese a su espíritu antiburgués, el Führer también tuvo el apoyo de los empresarios. Al igual que Mussolini en Italia, los nazis hicieron toda una movilización en una cervecería en Múnich que terminaría conociéndose como el famoso Putsch. Éste terminó siendo sofocado por las autoridades y con el arresto de los iniciadores, entre ellos Hitler.
El Putsch de München le permitiría obtener una mayor fuerza política. En un discurso demagógico y populista de su defensa, Hitler se declaró Culpable de Amar y Defender a Alemania. Además dictó Mein Kämpf o Mi Lucha, su plan de Gobierno centrado en la guerra contra la Unión Soviética. Así explotaba la paranoia ideológica de la época y el temor de las clases medias y altas a una revolución bolchevique germana. El Führer no solo llevaría a los campos de concentración y sus hornos a seis millones de judíos, también a la aniquilación del pueblo alemán, “por el cual no derramaría ni una lágrima ya que no estuvo a la altura de la contienda mundial”, en especial cuando sus soldados fueron acribillados en Stalingrado.

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